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La crítica vs. la empatía y cómo pueden incidir en tus relaciones personales y laborales

Edwin Carpio San Miguel | Activo$ Bolivia

Cosechar miel es una de las actividades más delicadas que requiere una técnica especial e implica, entre otras cosas, escoger el horario ideal, instrumentos precisos para esa faena y, claro está, agallas para hacerlo.

Ciertamente, a puntapiés es la técnica menos recomendable para hacerlo, salvo que uno quiera en esa aventura salir grotescamente lastimado. Así son las conductas humanas, llenas de mucha imprudencia, sobre todo cuando uno asume el rol de crítico o de juzgador de otras personas.

Dale Carnegie aborda esta temática en su libro “Cómo ganar amigos e influir sobre las personas”.

“La crítica es inútil porque pone a la otra persona a la defensiva y, por lo común, hace que trate de justificarse. La crítica es peligrosa porque lastima el orgullo tan precioso de la persona, hiere su sentido de la importancia y despierta su resentimiento”, afirma el escritor norteamericano.

El psicólogo Hans Selye dijo: “Tanto como anhelamos la aprobación, tememos la condena” y Carnegie agrega que el resentimiento que engendra la crítica puede desmoralizar a empleados, familiares y amigos y no logra corregir la situación que ha generado la crítica.

El tacto y la tolerancia pueden obrar mejores resultados que una dura crítica.

CROWLEY, UN PISTOLERO IRREDENTO

La historia de “Dos pistolas Crowley”, el hombre más peligroso de Nueva York (1937) pone en evidencia el asunto. “Tengo bajo mi ropa un corazón fatigado, un corazón bueno, un corazón que a nadie haría daño”, escribió en una nota que la Policía halló luego de detener al delincuente, quien olvidó haber matado a un policía a sangre fría, cuando se le acercó a su vehículo tan solo para pedirle su licencia.

Ya cuando fue llevado a la silla eléctrica por sus numerosos delitos declaró: “Esto es lo que me pasa por defenderme”, es decir, nunca asumió su culpabilidad.

EL REFLEXIVO LINCOLN

“No juzgues sino no quieres ser juzgado” solía decir Abraham Lincoln, el célebre gobernante de los Estados Unidos.

En una oportunidad dijo: “No los censuréis; son tal como seríamos nosotros en circunstancias similares”, cuando su esposa y otras señoras hablaban duramente de la gente del sur.

Pero ¿qué hizo tan reflexivo y juicioso a Lincoln? Según Carnegie, que estudió la vida del exgobernante, cuando Lincoln era joven escribía poemas y cartas para burlarse de las personas y dejaba en los caminos campestres las misivas con la seguridad de que alguien las leería.

Ya como abogado en Springfield, Illinois, Lincoln atacaba abiertamente a sus rivales mediante cartas publicadas en los periódicos, pero una vez se excedió al burlarse de un político irlandés, James Shields, quien furioso lo desafió a un duelo.

Lincoln no deseaba pelear, se oponía a los duelos, pero no pudo evitarlo. El joven abogado eligió los sables de caballería pensando que una ventaja para él eran sus largos brazos. El duelo no prosperó ya que en el último momento intervinieron los padrinos que lo evitaron. Este hecho fue gravitante en la vida de Lincoln, describe Carnegie, pues puso punto final a la faceta burlona que caracterizaba al exgobernante.

EL IRASCIBLE MARK TWAIN

Samuel Langhorne Clemens, más conocido como, Mark Twain, fue un escritor, orador y humorista estadounidense. Autor de varias obras, entre las más notables está su novela “Las aventuras de Tom Sawyer” y su secuela “Las aventuras de Huckleberry Finn”.

Era un hombre que solía perder rápidamente la paciencia. “Escribía cartas que quemaban el papel”, describe Dale Carnegie.

En una oportunidad y movido por su ira le escribió a un hombre lo siguiente: “Lo que usted necesita es un permiso de entierro. No tiene más que decirlo y le conseguiré uno”. En otra ocasión le escribió a su editor sobre el trabajo de un corrector: “Imprima de acuerdo con la copia que le envío y que el corrector hunda sus sugerencias en las gachas de su cerebro podrido”. Lo bueno de esto es que las cartas nunca llegaron a su destinatario porque su esposa las desviaba.

“¿Conoce a alguien a quien usted desearía que cambie su mal temperamento y carácter? Con seguridad que sí, pero ¿por qué no empezar por uno mismo? Eso es más provechoso que tratar de mejorar a los demás”, reflexiona el escritor y respalda su reflexión con una máxima de Confucio: “No te quejes de la nieve en el techo del vecino cuando también cubre el umbral de tu casa”.

Si se pretende despertar el resentimiento de las personas, basta con hacer una crítica punzante para lograrlo, por más justificada que sea. Recuerda que los individuos son criaturas emotivas, erizadas de prejuicios e impulsadas por el orgullo y la vanidad.

Carnegie apunta en su lista a Thomas Hardy, un notable novelista de la literatura inglesa que dejó de escribir y llegó al suicidio a causa de las críticas.

También menciona a Benjamín Franklin, quien carente de tacto en su juventud, llegó a ser un excelente diplomático y tan discreto que fue embajador de Norteamérica en Francia. ¿Cuál era su secreto?: “No hablaré mal de hombre alguno y de todos diré todo lo bueno que sepa”.

EL TACTO OBRA MILAGROS

La carencia de tacto es una falencia casi generalizada, asegura Carnegie.

Bob Hoover, un famoso piloto que hacía exhibiciones aéreas, tuvo un percance en pleno vuelo y se vio obligado a aterrizar de emergencia junto a un par de tripulantes.

Una vez en la pista, el piloto intuyó el problema y comprobó que la reliquia de la segunda guerra mundial que pilotaba había sido cargada con combustible de jet y no con gasolina común.

Al volver al aeropuerto convocó al mecánico que se encontraba sollozando, aterrorizado por el error que le habría costado la vida del piloto y a sus tripulantes, pero además por el costoso daño que pudo ocasionar el siniestro.

Hoover, al ver su expresión, hizo gala de su tacto. No manifestó reproche alguno y más bien le puso el brazo en el hombro y le dijo: “Para demostrarme que nunca volverá a hacerlo, quiero que mañana se ocupe de mi F-51”.

Otra historia fue protagonizada George B. Johnston, coordinador de seguridad de una empresa constructora. Usualmente, llamaba la atención con severidad a los empleados que no usaban casco en la construcción, pero lo único que cosechaba era la desobediencia de los trabajadores.

Entonces, decidió cambiar de metodología y al encontrarse con otro obrero que llevaba el casco de protección en el brazo le preguntó si era incómodo. Con tono amistoso, le dijo que su misión era proteger su seguridad física y le sugirió que lo usara siempre en la obra.

El resultado de esta nueva actitud derivó en la obediencia de las reglas sin resentimientos ni tensiones emocionales. Como se ve, tacto es lo que le falta a las personas para relacionarse con su entorno.

“En lugar de censurar a la gente, tratemos de comprenderla. Tratemos de imaginarnos por qué hacen lo que hacen. Eso es mucho más provechoso y más interesante que la crítica y de ahí surge la simpatía, la tolerancia y la bondad. Saberlo todo es perdonarlo todo. El mismo Dios, no se propone juzgar al hombre hasta el fin de sus días, entonces, ¿por qué hemos de juzgarlo usted o yo?”, reflexiona Dale Carnegie.