Edwin Carpio San Miguel | Activo$ Bolivia

Dejando atrás su natal Capinota, donde creció y soñó vivir junto a su familia, Edmundo Aspetty Montaño labró su destino a miles de kilómetros de su “llajta”, en aquellos inhóspitos bosques monzónicos cruceños que ahora se han convertido en fértiles tierras muy aptas para cultivar el milenario cereal de la humanidad: el arroz.

Con poco más de cinco milímetros de largo y un peso de 30 miligramos aproximadamente, el alimento que se produce en la provincia Obispo Santiestevan, ancló la vida del capinoteño en las tierras bajas del oriente boliviano.

La soya comienza a crecer en San José.

Infancia en escasez

Su infancia se remonta a su humilde casa en Capinota, en la localidad de Buen Retiro, junto a sus diez hermanos y sus padres, doña Juana y don Segundino, narra el empresario arrocero desde su confortable casa en la pujante ciudad de Montero.

Su padre trabajaba en la Empresa Nacional de Ferrocarriles (ENFE) haciendo mantenimiento en la vía férrea, pero sus ingresos nunca fueron suficientes para mantener a la numerosa familia.

Aspetty recuerda que desde muy pequeño caminaba junto a sus hermanos varios kilómetros a la redonda de su casa en busca de leña, el combustible que tiznaría las ollas del fogón para la comida.

El magro salario que ganaba en ENFE obligaba a su padre a cultivar maíz y otros productos para hacer trueque por papa y otros alimentos.

En una ocasión, el trueque de alimentos por papa fue muy bueno, pero amargo el desenlace ya que, al dejar la carga en la estación del tren, olvidaron encima un mechero que acabó por empapar una parte. “Volvimos tristes a la casa y tuvimos que comer, en varias ocasiones, esa papa con sabor a kerosene”, cuenta.

Máquina sembradora de granos de propiedad de la familia Aspetty.

En busca de oportunidades

A sus 17 años, Aspetty hizo el servicio militar. Culminado su deber, retornó a Capinota y casi de inmediato comenzó a trabajar en Coboce como ayudante soldador, un oficio en el cual duró poco más de tres años.

Jornadas diarias de intenso trabajo por más de 12 horas de lunes a lunes y la poca remuneración originaron la renuncia de Edmundo quién ya era casado y con hijos.

En busca de mejores oportunidades, se fue a Santa Cruz, hasta San José, a poco más de una hora de viaje desde Montero, para realizar labores agrícolas desmontando terrenos para el cultivo arroz.

Sin embargo, el esperanzador viaje fue un fracaso para Edmundo y su esposa con quien levantó un largo inventario de penurias, entre ellas la pérdida de dos hectáreas de arroz que se llevó el río.

Así, retornar a Capinota era una necesidad, pero la mala racha persiguió a la familia hasta Cochabamba. Aspetty se apuntó para trabajar en el montaje de la refinería Gualberto Villarroel de YPFB, pero no calificó.

Volvió a Santa Cruz y buscó trabajo en otra refinería en Palmasola, pero su experiencia tampoco fue suficiente.

Posteriormente, se fue a San José del Norte donde vio una oportunidad laboral como maquinista. “Sabía manejar tractor oruga porque aprendí en Coboce, pero no sabía operar”, comenta Aspetty mientras muestra las gigantes cosechadoras de granos y demás maquinaria que ahora posee en su extensa propiedad en San José, lugar donde 12 hombres trabajan para él sembrando centenares de hectáreas de cultivos de arroz, soya, trigo y chía, entre otros.

Cortinas rompe vientos para proteger los cultivos con árboles frutales.

Una despedida para siempre

El nuevo retorno a Santa Cruz le dio trabajo estable como operador de tractor oruga y con buena remuneración. Tres años y medio duró en ese oficio hasta que la empresa quebró.

No había dinero para su liquidación y, en compensación, Aspetty pidió la maquinaria prestada para trabajar para otros en los campos y monetizar esas faenas.

Con los recursos logrados, trabajos extras y sus ahorros, la familia retornó nuevamente a Capinota donde se dedicó a la avicultura y al comercio con una carnicería.

Era la década de los 70 y el contrabando de huevos chilenos había penetrado al mercado nacional. “La población compraba el huevo chileno porque era barato, pero era feo, tenía sabor a pescado; al final dejó de consumir, pero ya nos arruinaron el negocio”, recuerda.

Pese a las vicisitudes, la familia mejora su calidad de vida, pero resuelve despedirse de Capinota. Esta vez no fueron las necesidades que motivaron el alejamiento de su tierra natal, sino los comentarios malsanos de los vecinos del pueblo respecto a su progreso. “Amargado retorné a San José con mayores bríos para dedicarme a la siembra de arroz”, confiesa el migrante.

Edmundo Aspetty y su esposa Cristina en la planta de acopio de arroz y granos, en Montero.

Manejo ecológico

En 1985 estableció su domicilio en Montero e hizo su chaco en dos hectáreas en San José. Posteriormente, compró 100 hectáreas de tierra con 1.800 dólares para cultivar arroz, primero a pulso y luego con maquinaria.

El agricultor tiene actualmente 1.200 hectáreas de cultivo de cereales, una factoría de pelado y acopio de arroz y otros granos con tecnología de punta y forma parte de la pujante familia de 200 productores industriales de arroz que trabaja por el desarrollo de esa vasta región.

Reconoce que 35 años peinando miles de hectáreas de cultivo no hubieran sido posibles sin el apoyo de la Banca. Cuenta que creció poco a poco, obteniendo pequeños créditos desde 10.000 dólares para comprar maquinaria.

“Si no pagaba formalmente mis créditos, jamás hubiera podido construir todo lo que tengo y claro está, el trabajo también debía ser arduo para no fallar a los bancos”.

Su amabilidad y sencillez contrastan con todo lo que ha construido Aspetty. A diferencia de otros productores de la región, que han optado por los infernales chaqueos (quema) para limpieza de sus terrenos, él hace un manejo ecológico e inteligente de su producción.

Asimismo, ha logrado construir extensas cortinas rompe vientos con árboles de aceituno, frutales de mango y chirimoya y otras variedades para atenuar la fuerza de los vientos de la zona y proteger sus cosechas.

Este cinturón de frutales hace un encantador paisaje para quien visita el lugar. Tiene también su propio embalse de agua para las centenas de hectáreas de arrozales que está punto de sembrar.

Trabajo sacrificado, disciplina y labrarse una reputación financiera fueron para Edmundo Aspetty las claves del éxito en los negocios agropecuarios.

El complejo de acopio de arroz y de granos que tiene en Montero es administrado por su esposa, doña Cristina Gonzales, su mano derecha.

“Sin mi esposa no hubiera hecho nada. Ella ha cargado conmigo el peso del trabajo y sacrificio y también mis hijos, a quienes en ciertos momentos hemos abandonado por trabajar estas tierras y darles el sustento que tal vez nos faltó a nosotros”, reconoce.

El sonido del tren en Buen Retiro, el amargo sabor de la papa con kerosene y su primer trabajo en Coboce forman parte de la vida del capinoteño que se hizo profeta lejos de su tierra y conquistó un pedazo del oriente boliviano.

Planta de Acopio Betesda SRL, en Montero, de propiedad de la familia Aspetty.

EXPORTACIÓN DE CHÍA

En el pasado quedaron las carencias de este productor ya que, gracias a la exportación de chía, logró mejorar la economía de su negocio agrícola.

La producción se la debe -en buena medida- a su hijo Pablo Marcelo Aspetty, quien estaba preparando su tesis en España, en Comercio Exterior, cuando obtuvo referencias de un superalimento que se cotizaba muy bien: la chía.

Inmediatamente recomendó a su padre incursionar en la producción, tarea que se puso en marcha en 2013. Ahora exporta a Canadá, Chile, Australia y Estados Unidos, entre otros.

Actualmente, los precios de la chía están bajos, pero se avizora una creciente demanda del grano al cual se le atribuyen cualidades valiosas por su aporte de Omega 3, de antioxidantes, de fibra, estimulante del metabolismo, proveedor de nutrientes para los huesos y preventivo para la diabetes.