
Edwin Carpio San Miguel | Activo$ Bolivia
Cuando regresó a Bolivia en 1996, después de graduarse como médico, especializarse en Pediatría y completar la subespecialidad de Neonatología en el Hospital Materno Infantil Ramón Sardá de Buenos Aires, la doctora Marcela Montaño Mareño encontró una realidad muy distinta a la que había conocido durante su formación. En aquella época, Cochabamba apenas daba sus primeros pasos en una disciplina destinada a salvar la vida de los recién nacidos más vulnerables.
Apenas existían tres neonatólogos en el departamento y la atención intensiva neonatal era todavía incipiente. La ventilación mecánica para bebés prácticamente no se utilizaba y los índices de mortalidad eran considerablemente elevados. En lugar de buscar un futuro más cómodo fuera del país, Marcela Montaño decidió quedarse en su tierra para construir. «Fue como luchar contra molinos de viento», recuerda al describir los primeros años de trabajo.
Su aporte no se limitó al consultorio. Fue una de las profesionales que introdujo nuevas prácticas de terapia intensiva neonatal, impulsó protocolos médicos, promovió el uso de equipamiento especializado y acompañó la transformación de los principales servicios de Neonatología de Cochabamba.

Formadora de profesionales
El legado de la doctora Montaño no se mide únicamente por los miles de recién nacidos que ayudó a sobrevivir. También vive en las generaciones de médicos que formó desde la creación de la residencia de Neonatología en Cochabamba.
En el año 2002, ingresó por concurso de méritos al Hospital Materno Infantil Germán Urquidi y en el año 2009 ganó, también por concurso de méritos, la primera plaza docente de la subespecialidad en el mismo hospital, convirtiéndose en la profesora que abrió el camino para los futuros neonatólogos del departamento.
Durante varios años transmitió conocimientos técnicos, protocolos de terapia intensiva y una filosofía basada en la actualización permanente. Actualmente, trabaja en el Hospital Seton (donde ingresó en 2014) y también en el Hospital Belga (a donde llegó en 2024).

Paralelamente a su trabajo, continúa impulsando la capacitación mediante certificaciones internacionales en reanimación neonatal y sostiene que Bolivia debe formar instructores propios para no depender de especialistas extranjeros.
Su objetivo sigue siendo el mismo que la motivó desde el inicio y es que cada profesional esté preparado para responder durante esos primeros minutos decisivos, cuando una vida parece un suspiro y donde cada segundo puede cambiarlo todo.
Con el tiempo comprendió que también era necesario construir instituciones que acompañen a la especialidad. Después de años de trabajo, desde la Sociedad de Pediatría, participó en la fundación de la Sociedad Boliviana de Neonatología, filial Cochabamba, promoviendo congresos internacionales y trayendo al país referentes mundiales para actualizar a los profesionales bolivianos.

Pero quizá el aspecto que mejor define su carrera no aparece en los currículums; está en las incubadoras donde pasó noches enteras luchando por los bebés que pesaban apenas medio kilogramo; en las decisiones tomadas en segundos para evitar una muerte; junto a esas familias que hoy regresan a su consultorio con jóvenes que ya ingresaron a la universidad y que alguna vez fueron bebés prematuros con pronóstico incierto.
Ella rechaza hablar de milagros. Prefiere hablar de trabajo en equipo, capacitación permanente y actualización científica. Sin embargo, quienes la conocen saben que detrás de esa rigurosidad existe una sensibilidad poco común. Para la doctora Montaño cada recién nacido representa un proyecto de vida, una familia y un futuro.
Después de casi treinta años de profesión, continúa impulsando nuevos servicios, promoviendo la certificación internacional en reanimación neonatal y soñando con un gran centro de referencia para Cochabamba. Porque -como afirma convencida- todavía queda mucho por hacer para que ningún niño pierda la oportunidad de comenzar a vivir.