
Redacción | Activo$ Bolivia
Después de meses de incertidumbre, finalmente se libera el uso de tarjetas para pagos en el exterior. Para más de 2,7 millones de usuarios, esto no es un detalle menor: significa volver a pagar cursos online, servicios digitales, tratamientos médicos o incluso suscripciones sin dolores de cabeza. En pocas palabras, se normaliza algo que nunca debió dejar de funcionar.
A simple vista, la medida se siente como un respiro. Y lo es. Pero también abre una pregunta incómoda: ¿qué pasa con los dólares?
Cada vez que alguien paga Netflix, una universidad o una plataforma en el extranjero, salen divisas del país. Y ahí está el punto clave. Esta “normalización” implica un aumento directo en la demanda de dólares, justo en un contexto donde no sobran.
Además, el tipo de cambio referencial —alrededor de Bs 9,15 por dólar— todavía no refleja del todo el valor real del mercado. ¿Qué genera esto? Un incentivo bastante claro para usar más dólares porque, en la práctica, están “más baratos” de lo que deberían. El problema es que el sistema no necesariamente tiene cómo sostener ese ritmo, lo que mete presión a las reservas internacionales y a la disponibilidad de moneda extranjera.
Para los bancos, el panorama tampoco es blanco o negro. Por un lado, vuelven a moverse las transacciones, aumentan las comisiones y se reactiva parte del negocio. Pero por otro, aparece un riesgo delicado al tener que responder a operaciones en dólares sin poder acceder a esas divisas en las mismas condiciones.
¿El resultado posible? Restricciones indirectas. Límites más bajos en tarjetas, créditos más caros o condiciones más duras para acceder a financiamiento. Nada explícito, pero sí lo suficientemente perceptible para el usuario.
En el corto plazo, la gente gana. Eso es claro. Se recupera una herramienta básica para la vida cotidiana en un mundo cada vez más digital. Pero sostener esta apertura es otra historia.
Para que esto funcione de verdad —y no sea solo un alivio momentáneo— se necesitan cambios más de fondo como reducir la brecha cambiaria, generar más dólares a través de exportaciones e inversión y mantener cierto orden en las cuentas fiscales.
Si eso no pasa, lo que hoy se siente como una solución podría convertirse mañana en una nueva fuente de presión sobre el tipo de cambio. Y ahí, otra vez, el problema volvería solo que más grande.