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sábado, septiembre 26, 2026
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El veneno agazapado en los cocales de Bolivia

Un reciente estudio alerta sobre el excesivo uso de plaguicidas en los cultivos de coca, muchos de ellos están prohibidos. (Foto: Archivo ANF)

Sandra Arias Lazcano | Activo$ Bolivia

En los pliegues húmedos de los Yungas y las llanuras abrasadoras del Chapare, el verde ya no es solo sinónimo de vida o de rito. Entre las manos de los cocaleros, la hoja bautizada como “sagrada” arrastra ahora un peligro imperceptible a la vista, pero no por eso menos dañino y es el rastro denso de los agroquímicos.

Lo que durante siglos fue el pilar de la reciprocidad comunitaria y el alivio del cansancio, ahora está fuertemente contaminado con productos diseñados para exterminar plagas que terminan alterando la esencia de lo que se consume.

La investigadora María Cristina Omonte, integrante de la ONG Ciudadanía, ha puesto la mirada en esta transformación silenciosa. En un estudio sobre el uso de plaguicidas en los cultivos de coca, Omonte revela que la urgencia del mercado y la degradación del suelo han empujado a los productores a depender cada vez más de un cóctel sintético.

Insecticidas, fungicidas y herbicidas son aplicados sin las medidas de protección adecuadas ni los periodos de carencia necesarios antes de la cosecha. La hoja, que pasa directamente de la planta a la boca en el acullico tradicional o a las ollas para las infusiones, llega impregnada de sustancias cuyo impacto acumulativo en la salud apenas comenzamos a dimensionar.

El relato tradicional de la coca como un producto puro tropieza con la lógica de la producción intensiva. Para garantizar cosechas continuas y acelerar el ciclo natural de la planta, se aplican agroquímicos con frecuencia semanal o quincenal. Los trabajadores, a menudo sin máscaras ni guantes, respiran la niebla tóxica que fumigan en las pendientes de las montañas, expuestos a intoxicaciones agudas y a enfermedades crónicas a largo plazo.

Pero el riesgo no se detiene en el surco de la tierra. Al acullicar, los químicos disueltos en la saliva entran en contacto directo con las mucosas, algo que miles de consumidores en las ciudades y minas de Bolivia desconocen o eligen ignorar.

La investigación de Omonte subraya que este fenómeno no es un hecho aislado, sino la consecuencia de un modelo agrícola que ha desplazado las prácticas tradicionales de manejo de plagas a favor de la inmediatez que ofrecen los frascos de agroquímicos.

En este escenario, la falta de regulaciones efectivas y de capacitación técnica para los campesinos perpetúa un ciclo en el que la tierra se debilita y requiere dosis cada vez más elevadas para seguir produciendo.

María Cristina Omonte, investigadora de la ONG Ciudadanía, en la presentación del estudio, en Cochabamba.

La mística de la coca enfrenta así su contradicción más profunda al ser una tradición milenaria vulnerada por las urgencias del agronegocio.

La toxicidad silenciosa en la mesa cotidiana

El problema de los agroquímicos no se limita a las parcelas de coca. De acuerdo con las investigaciones de María Cristina Omonte y el equipo de la ONG Ciudadanía, la presencia de residuos de plaguicidas en verduras y hortalizas de consumo masivo —como el tomate, la lechuga, la cebolla y la zanahoria— alcanza niveles alarmantes en los mercados urbanos.

En los principales centros de abasto, la mayor parte de las hortalizas comercializadas supera los límites máximos de residuos permitidos por las normativas de salud internacional.

La falta de control en las fases de poscosecha y el uso de químicos altamente peligrosos (muchos de ellos prohibidos en otros países) provocan que los alimentos frescos lleven consigo una carga invisible de contaminantes.

Lavar la verdura no basta para eliminar compuestos que han sido absorbidos por los tejidos de la planta, lo que expone a la población a un consumo diario y acumulativo de sustancias tóxicas que amenazan la seguridad alimentaria y la salud pública de forma silenciosa.

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