
Edwin Carpio San Miguel | Activo$ Bolivia
Emiliana Condori Quispe, más conocida como Doña Emi, no solo es un ícono de la comida callejera paceña, también es la prueba de que la perseverancia puede convertirse en un patrimonio urbano.
La mujer que enamoró a América Latina con sus rellenitos de papa —y que se volvió rostro estelar del documental Street Food: Latinoamérica de Netflix— está lista para un salto que parecía impensable cuando comenzó su aventura con una sartén prestada y cincuenta unidades diarias de relleno.
Casi cuatro décadas después de haber empezado, Doña Emi prepara su expansión hacia dos destinos que representan nuevos mundos dentro de su propia ciudad: El Alto y la zona sur de La Paz. Dos territorios distintos y el mismo sueño, que el sabor que nació en la calle se multiplique sin perder el alma.
Desde su puesto en inmediaciones de la Plaza San Francisco, ha convertido una receta casera en una marca que habla de identidad, barrio y calidez. “Ya he ido a ver los espacios donde pretendo instalar mis puestos de rellenos”, cuenta con la serenidad de quien ha aprendido que el camino del trabajo siempre encuentra puertas abiertas.
Pero su expansión no será una franquicia ni una cadena sofisticada. Ella imagina espacios sencillos, cálidos, donde la gente pueda sentarse, conversar y sentir el abrazo de lo auténtico. Un rincón para disfrutar el relleno que hace fila entre turistas, estudiantes y oficinistas y que hoy también seduce a chefs y curiosos.

La cocina que despierta de madrugada
Detrás del delantal floreado hay una rutina férrea que empieza a las dos de la mañana en Pampahasi, cuando Doña Emi se levanta para encender sus fogones. Allí, junto a sus ayudantes, hierve papas, prepara jigote y pica verduras mientras la ciudad aún duerme. Su jornada concluye recién al caer la tarde, cuando se concede unas horas de descanso antes de comenzar de nuevo.
“Primero agradezco a Dios y luego, bailando en la cocina, empiezo mi día”, dice entre risas. Esa fe doméstica —simple, firme, cotidiana— es el combustible de su negocio. “Yo no puedo fallarles a mis clientes. Gracias a ellos comemos, vivimos. Todo nos da el cliente”.
El esfuerzo se ha traducido en crecimiento. De aquel modesto puesto de 1998, hoy su emprendimiento familiar suma cuatro puntos de venta en el centro paceño, sostenidos por una red de manos que trabajan con la misma pasión.

Cuando Netflix tocó su puerta
La fama llegó en 2020, en plena pandemia, cuando Netflix estrenó el capítulo boliviano de Street Food: Latinoamérica. El 20 de julio de ese año, una mujer de pollera se convirtió en protagonista global, mostrando cómo un plato callejero podía transformarse en un símbolo cultural.
Periodistas, turistas y curiosos comenzaron a rodearla mientras ella seguía vendiendo sus rellenos, como siempre, con paciencia y un “pase nomás, caserito”. Su puesto se transformó en un lugar de peregrinación culinaria.
Pero la fama no la mareó. Lo que pocos sabían es que detrás de esa imagen había una empresaria con visión. Doña Emi también dirige, junto a sus hijas Gabriela (periodista) y Mayumi (economista), una empresa de importaciones que nació al calor de ferias, aprendizajes y días difíciles. “El primer año nos fue muy bien, todo era novedad”, recuerda. Sin haber pasado por una universidad, aprendió a negociar, planificar y ahorrar.
La pandemia la obligó a reinventarse otra vez. Convirtió su casa en tienda de artículos para bebés y añadió nuevas variedades —rellenos de arroz y plátano— para sostener el negocio. Además, colabora con fundaciones como Manqa y Betas, donde enseña no solo recetas, sino disciplina, humildad y amor por el trabajo.

Un puente gastronómico y social
Su próximo paso tiene un profundo valor social. Ella quiere unir, a través de la comida, dos zonas con identidades distintas de la región metropolitana.
En Ciudad Satélite, en El Alto, sueña con un espacio familiar, accesible y lleno de tradición. En la zona sur, imagina un pequeño local con alma, donde las clases media y alta descubran que el verdadero lujo no siempre está en lo gourmet, sino en la autenticidad.
“La competencia ha crecido, ahora estoy rodeada de competidores; pero no me molesta. Así es la vida, uno tiene que seguir trabajando”, dice mientras la fila sigue avanzando frente a su puesto.
Una marca con corazón de barrio
El caso de Doña Emi es un fenómeno económico y cultural. Representa la fuerza de las microempresas familiares, el impulso del trabajo femenino y el poder de la marca popular que se levanta desde la calle. Sin estudios superiores, sin créditos y sin asesores, logró lo que muchos empresarios persiguen: construir identidad, reconocimiento y expansión.
Desde su casa en Pampahasi, planifica la logística de sus nuevas sucursales. Sabe que el éxito no se hereda, se trabaja. “He criado a mis hijos con esto y ahora ellos me ayudan. Mi mayor orgullo es que todo lo que tengo viene de mis manos”.
En un país donde miles de mujeres emprenden cada día desde rincones invisibles, Doña Emi se ha vuelto un símbolo. Su historia, tejida entre papas, jigote y madrugadas frías, demuestra que un relleno callejero puede contar una lección de vida: que la perseverancia, cuando se cocina a fuego lento, también se vuelve un sabor inolvidable.