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El néctar que salvó a una familia y conquistó un país

Industrias Alimenticias Del Valle tiene una historia de resiliencia y tenacidad.

Sandra Arias Lazcano | Activo$ Bolivia

Todo empezó con una plantación de piña. En 1974, Jorge Vásquez Alarcón y Elsa Chávez Tardío fundaron en Cochabamba una pequeña empresa con la que soñaban ofrecer alimentos naturales y de calidad. Dos años más tarde, la fábrica comenzó a exportar piña enlatada cultivada en Mariposas, una localidad de Chapare. Parecía el inicio perfecto para su sueño, pero no lo fue.

Una cosecha que se llevó el río

José Fernando Vásquez Chávez, actual gerente general e hijo de los fundadores, recuerda que el colapso del puente Chimoré se tragó la primera gran cosecha de piña de la familia. A ese revés, se sumaron las exigencias del mercado argentino, los costos de una producción todavía artesanal, la invasión de tierras en el Chapare y la falta de cultivos comerciales de frutas.

La deuda creció tanto que Jorge Vásquez llegó a considerar cerrar el negocio. Lo que evitó que lo hiciera no fue un golpe de suerte, sino la insistencia de uno de sus hijos, Marcelo, quien propuso una idea que cambiaría la historia de la empresa, dijo que había que dejar de “pelear” con la piña y apostar por el néctar de fruta.

Corría 1984. Bolivia atravesaba la caída del mercado minero y la fábrica, que hasta entonces abastecía con conservas enlatadas a los campamentos de la Corporación Minera de Bolivia en Oruro y Potosí, necesitaba reinventarse otra vez.

Marcelo adaptó la maquinaria de la vieja Embotelladora Tunari, reutilizó botellas de vidrio ámbar y lanzó al mercado los primeros sabores del néctar de fruta, así salieron al mercado tumbo, tamarindo y maracuyá resultando un éxito inmediato.

Los néctares llegaron a superar en ventas a marcas multinacionales de gaseosas y lo que había nacido como un salvavidas financiero se convirtió, con los años, en un acompañamiento infaltable de la mesa boliviana.

Tres generaciones, una misma receta

En 2024, Industrias Alimenticias del Valle cumplió cincuenta años, un hito que en Bolivia pocas empresas familiares alcanzan. José Fernando Vásquez Chávez lo describe como la victoria del trabajo ético, la perseverancia y la unidad familiar frente a décadas de adversidad económica, social y política.

Cuenta que con la primera generación se sentó las bases con gestión empírica y sacrificio; la segunda generación profesionalizó las operaciones e industrializó la producción; y la tercera (con los nietos Eliana, Daniela y Nicolás) aporta con tecnología, marketing digital y sistemas de gestión, sin perder el rostro humano del negocio.

Pero ese relevo generacional no fue improvisado. Los herederos se integraron mediante un plan de rotación por todas las áreas de la compañía, para que la teoría se completara con la vivencia directa y el conocimiento de los valores fundacionales que son honestidad, disciplina y unidad.

La fruta manda, la tecnología obedece

El ejecutivo sostiene que el pilar filosófico de la empresa sigue intacto porque la materia prima es 100% boliviana, sin insumos importados. Detrás de esa política hay más de 300 familias campesinas con las que Industrias Alimenticias Del Valle (IADV) mantiene convenios anuales, adelantos y precios justos, además de un departamento agrícola propio que asesora a los productores en fumigación, poda y cosecha.

Vásquez Chávez dice que hay equilibrio entre tradición e innovación porque la pulpa de fruta sigue siendo protagonista y la tecnología solo se usa para garantizar seguridad alimentaria y eficiencia, sin tocar la receta original.

Esa fórmula convive con nuevos formatos. Junto a la icónica botella de vidrio de un litro, símbolo del segmento gastronómico tradicional, la empresa introdujo envases Tetra Pak familiares y escolares, también una línea light sin azúcar añadida para responder a consumidores cada vez más atentos a lo que comen.

Una vista de la planta de IADV en Cochabamba.

Entre bloqueos y nuevos mercados

Con más de 80 empleos directos, 100 indirectos y presencia en todo el país a través de distribución directa en Cochabamba y Santa Cruz más una red de distribuidores en el resto del territorio, IADV ya no piensa solamente en el mercado boliviano.

Sus néctares llegan actualmente a la comunidad boliviana en Virginia (Estados Unidos) y la empresa proyecta consolidar presencia en más ciudades de EE.UU., así como en países latinoamericanos y europeos en los próximos años. También trabaja, según adelanta su gerente general, en un proyecto de expansión de su capacidad productiva que aún mantiene en reserva.

Pero el camino hacia afuera choca con las dificultades que hay adentro. Vásquez Chávez no puede evitar hablar del contexto boliviano actual, donde hay escasez de combustible, bloqueos de carreteras y restricciones para acceder a divisas que encarecen los fletes, deterioran la fruta fresca en tránsito y ponen en riesgo el abastecimiento.

Para sostener la operación sin trasladar todo ese costo al consumidor, la empresa ha optimizado su planta para reducir mermas, cerró contratos anuales a precio fijo con los agricultores y reestructuró sus rutas logísticas para ahorrar combustible.

Para enfrentar la próxima década, José Fernando Vásquez Chávez imagina a IADV como un referente de éxito familiar y soberanía industrial, liderando el mercado nacional mientras consolida su huella internacional.

Una aspiración que, medio siglo después de aquella primera cosecha de piña perdida en el río, ya no suena descabellada porque aquella empresa que estuvo a punto de cerrar es ahora una de las que mejor demuestra que el sabor boliviano también puede competir afuera.

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