
Edwin Carpio San Miguel | Activo$ Bolivia
En Cochabamba, donde el litigio era territorio de vacas sagradas (magistrados intocables) un joven abogado llamado Cayo Salinas decidió, en 1991, abrirse camino sin padrinos y sin más certeza que su vocación. Como todo joven abogado, no tenía muchos contactos, pero tenía algo más valioso: carácter.
Instalado en una minúscula oficina del Edificio ToyoCar (Av. Heroínas y calle Lanza), pasaba horas lanzando una pelota a un mini–tablero de básquet para espantar la ansiedad esperando que alguna persona solicitara sus servicios.
Los clientes no llegaban, pero el pago del alquiler sí. Esa primera etapa sobrevivió redactando boletines para la Cámara de Comercio y financiando el alquiler de su oficina con adelantos de tarjetas de crédito, lo que hoy define como “el pecado financiero que nadie debe cometer”.
Contactos
Ese periodo de precariedad fue también el inicio de una relación privilegiada con el sector empresarial cochabambino. Desde los boletines gremiales ingresó al corazón corporativo privado y, con el tiempo, su prestigio se consolidó en directorios, asesorías, arbitrajes complejos y litigios estratégicos.
Pero su trayectoria profesional no se agota en los expedientes. Salinas fue también columnista durante décadas en el periódico Los Tiempos, voz incómoda para el poder y referente cívico en momentos críticos del país.
Luchas
Su actuación enfrentando legalmente al -entonces- diputado y cocalero Evo Morales y en defensa de dos clientes que tenían actividades productivas en el trópico de Cochabamba, sumada a su histórico piquete de huelga de hambre en defensa de los dos tercios para la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado son capítulos que revelan a un abogado que no se escondió detrás en las trincheras de sus columnas publicadas en los diarios, sino que tradujo sus ideas en hechos concretos, fiel a sus convicciones.
Enfrentó golpes, bloqueos, demandas y amenazas. Incluso, un grupo de adherentes al MAS, en tiempos en que se redactaba la CPE en la Asamblea Constituyente, echó ácido sobre su auto para intimidarlo.
Huelga de hambre por los 2/3
A finales de 2007 y en pleno avance del Movimiento al Socialismo (MAS) para aprobar la nueva Constitución por simple mayoría (50 más 1), Cochabamba permanecía en silencio.
Mientras en las ciudades de Santa Cruz y La Paz proliferaban piquetes de ayuno en protesta contra el gobierno, Cochabamba permanecía indiferente hasta que Cayo Salinas dejó la trinchera de sus columnas publicadas en un diario local para actuar. Ese mismo día cargó un colchón, unas frazadas y se instaló solo en dependencias de la Cámara de Comercio para iniciar una huelga de hambre, acompañado por dos guardias de seguridad privada para evitar cualquier intento de sabotaje a su extrema medida.
Los primeros días, el abogado fue objeto de burlas por parte del gobierno, pero luego el piquete se masificó. La presión creció hasta que un cabildo exigió al gobernador cochabambino intervenir la huelga. Ya con el objetivo cumplido, la Constitución sería aprobada por dos tercios. Salinas salió del ayuno con doce kilos menos y una secuela permanente en su salud, pero con la convicción de haber defendido sus principios y no a un partido.

Cuando derrotó legalmente a Evo
A mediados de los años 2000, antes de que Evo Morales llegara a la presidencia, Salinas representó a dos empresarios—uno hotelero y otro bananero— que estaban cansados de los bloqueos cocaleros que paralizaban sus actividades productivas.
Ante tal situación, el abogado elaboró una estrategia inédita presentando amparos constitucionales directamente contra Evo y las Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba. Contra todo pronóstico, ganó. Las sentencias ordenaban cesar los bloqueos, pero Morales incumplió, lo que llevó a Salinas a activar un proceso penal por atentado a las garantías.
El caso escaló hasta el Congreso que debía tratar el desafuero de Evo, una medida que estaba en puertas de prosperar. Pero la noche previa, intervino monseñor Tito Solari, cercano al líder cocalero, quien persuadió al empresario demandante para retirar la acción. El trámite se extinguió y, poco después, Evo ganó las elecciones.
Más allá del desenlace, para Salinas aquel juicio fue una radiografía del país porque mostró el choque entre la ley, la Iglesia, la política y la presión social. “Mi rol fue estrictamente legal”, comenta.
La licitación que ganó disfrazado
A finales de los años 90, el gobierno de Hugo Banzer abrió una licitación pública nacional e internacional para auditar jurídicamente los procesos de capitalización del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada. Era un concurso gigantesco, dominado por estudios de larga trayectoria.
Salinas, aún joven y de apariencia demasiado juvenil para la formalidad del momento, decidió que competiría igual. Sin embargo, antes debía resolver lo que para él era un problema: debía parecer mayor de lo que era.
Recuerda que su barba era muy rala, así que acudió a su estilista para que la rellenara con tinte oscuro pensando en mostrar un aspecto mucho más maduro. Con esa nueva apariencia presentó su propuesta y, para sorpresa de todos, ganó dos licitaciones: la auditoría legal de la capitalización de ENFE, en sus dos ramales, y la de la concesión de Samapa de La Paz. El trabajo posterior fue enorme, revisando depósitos llenos de documentación, pero muy fructífero. Hoy recuerda ese episodio con humor: “A veces hasta para ejercer derecho se necesita un poquito de maquillaje”, dice entre risas.
Hoy y pese a duras vivencias, desde el piso 8 de su estudio jurídico en el Edificio Los Tiempos, mira hacia atrás sin solemnidades. Y cuando se dirige a los jóvenes, lo hace con la sencillez de un emprendedor, pero también con la solvencia de un profesional que obtuvo grandes logros y alcanzó importantes metas.
Su mensaje es potente: “Sean buenos abogados. No entren en la coima. No se vendan. Capacítense siempre. La dignidad profesional es lo único que no prescribe”.