
Sandra Arias Lazcano | Activo$ Bolivia
Una tarde nublada en Cochabamba, típica del verano, cuando la lluvia se suelta de pronto con gruesas gotas que empapan en minutos. El color plomizo del cielo combinaba con los muebles oscuros y la decoración de la sobria oficina de Manfred Reyes Villa, en lo alto del nuevo edificio municipal de Cochabamba.
La entrevista no abordaría asuntos técnicos, sino que se enfocaría en el lado humano del Alcalde de Cochabamba. Esa fue la consigna y él, acostumbrado a hablar de asuntos técnicos, de obras o de entreveros políticos, se tomó unos segundos para cambiar el chip y disponerse a hablar de sí mismo.
Infancia y raíces
Comenzamos hurgando en sus recuerdos y, para él, uno de los más nítidos es el de una Cochabamba con calles de tierra, vientos que levantaban polvo y torrenteras convertidas en aventuras infantiles.
No nació atado a un solo territorio. Como hijo de militar, vivió en Camiri, La Paz, Viacha, Brasil y finalmente Cochabamba. “He tenido una infancia feliz”, recuerda. Una infancia rápida, hecha de amigos en cada destino y de travesuras que aún dibujan una sonrisa en su rostro.
Se crió con tres hermanos, siendo él “el más travieso de la casa”. En temporada de lluvia, deslizaba tablas por las torrenteras junto a sus amigos, retando al peligro sin pensarlo demasiado. Manejaba bicicleta sin preocuparse por el rumbo, ya sea por su vecindario o por lugares tan alejados de su casa como La Cancha.
Vivía entre las calles Oquendo y Paccieri, pero para un niño inquieto eso era apenas un punto de partida hacia una ciudad aún por descubrir.

Vocación de servicio
Pero sus raíces más profundas no vienen solo de los lugares, sino de las personas. Allí aparece un nombre que nunca ha olvidado, el del profesor Sempértegui, del colegio Don Bosco. “Él fue quien más incidió en mí”, dice con gratitud, recordando que la vocación de servicio de su maestro no sólo le permitió aprender un idioma, sino que también fue un ejemplo de vida.
Cuenta que cuando volvió a Bolivia le correspondía quinto de primaria; pero él no sabía leer ni escribir en español porque había aprendido a hacerlo en portugués, durante su estadía en Brasil. Sempértegui fue paciente, firme y empático.
Hacía que Manfred leyera la lista completa del curso, día tras día, hasta que la memoria y la disciplina hicieron su parte y logró pulir el español. “Hasta ahora me acuerdo de los apellidos de mis compañeros”, comenta, como quien conserva un tesoro.
La disciplina, por supuesto, venía de antes. Criado en cuarteles, acostumbrado a la rigurosidad del Colegio Militar, desarrolló un sentido del deber que lo acompaña hasta hoy. Cuenta que estudia hasta muy tarde, se levanta temprano y trabaja sin detenerse.
Su familia, preocupada por su salud, le hizo comprar un dispositivo electrónico que parece un anillo; pero está conectado al móvil y le avisa cuánto tiempo realmente duerme cada día. ¿Qué reporta el anillo? Que de las tres horas diarias que permanece en cama, sólo 14 minutos son de sueño profundo y real.

“Me dicen que duerma más”, comenta; pero no parece preocuparle mucho porque su mente está enfocada en el trabajo. “Estoy constantemente en movimiento y pensando en la Alcaldía”, cuenta.
¿Y cuándo fue que decidió ser alcalde? Contrariamente a lo que se podría pensar, no fue en una oficina pública, sino en una discoteca.
A principios de los años 90, abrió la discoteca Hollywood, considerada la mejor de su época. Su socio y él eran asediados por funcionarios municipales que, bajo la excusa de fiscalizar, buscaban coimas. Aquella injusticia lo indignó. “Ahí dije: yo voy a ser alcalde y voy a evitar estos abusos”.
Poco después, se hizo amigo de Humberto Coronel Rivas, quien fue alcalde de Cochabamba en 4 gestiones, e inició su camino político. Primero fue concejal suplente, luego titular, y finalmente alcalde, en 1993.

Momentos difíciles
Pero más allá de la política, están las heridas que marcan a una persona de forma irreparable. La pérdida de sus hijas, confiesa, fue el desafío más grande de su vida. “Sólo el tiempo te ayuda”, dice con voz contenida.
Desde entonces, cada vez que algún padre le habla del dolor de perder a un hijo, él responde no solo con empatía, sino con una certeza íntima: “Yo siento lo que usted siente”.
En los momentos más difíciles, su sostén es la familia. Lleva 48 años de matrimonio, tiene siete hijos y valora el núcleo familiar como la base de todo. Le duele ver familias separadas por necesidad, padres que migran para mantener a los suyos, niños que trabajan para ayudar en casa. “La familia es lo más importante”, repite, no como consigna política, sino como convicción personal.
Conexión con la ciudad
Su relación con la ciudad está hecha tanto de obra pública como de instantes cotidianos. Dice que nada lo conmueve más que el cariño de la gente cuando entrega una obra en un barrio vulnerable. Lo invitan a lo que pueden, lo reciben con afecto sincero, lo reconocen. “Eso me da ganas de seguir trabajando”, afirma.
Habla con ilusión de los proyectos que sueña ver concluidos: un gran teatro cuyo diseño fue encargado a un experto mexicano, un centro de convenciones de nivel internacional junto al Museo de Historia Natural Alcide d’Orbigny y Fexco Arena para eventos artísticos, entre otros proyectos.
Planea un sistema cultural dinámico, más ciclovías, conectividad real, impulso a emprendedores, una planta de tratamiento de aguas residuales que dice que se pondrá en marcha en 2026, la recuperación de espacios como la laguna Alalay y el fortalecimiento del Cristo de la Concordia.
También anticipó la llegada de un hotel de la cadena Hilton que puede potenciar al sector hotelero de la ciudad. Su visión es convertir a Cochabamba en un centro de turismo, cultura, convenciones y desarrollo económico.
“Quiero que el crecimiento económico sea importante para que la gente no tenga que salir de Cochabamba y se pueda quedar a vivir acá. Por eso estamos haciendo una ciudad no solamente turística”, explica.
Pero más allá de las obras, piensa en el legado humano: unidad familiar, respeto, paciencia con el prójimo, amor por Bolivia. Haber vivido once años fuera del país lo marcó profundamente. “No hay como vivir en Bolivia”, dice. Y recuerda con emoción el día en que volvió: “He vuelto a mi casa, a mi familia, a mi Bolivia”.
Si pudiera hablar con el joven Manfred, dice que le daría un consejo íntimo: pasar más tiempo con la familia. “Es lo único que me reclamaron”, confiesa.
Sueños y su huella personal
Cuando mira la ciudad desde el presente, lo que más lo emociona es el reconocimiento de la gente. Cuenta que cuando llega al aeropuerto recibe aplausos espontáneos. Dice que no es un mérito individual, sino el resultado del trabajo de un gran equipo.
También destaca premios internacionales, proyectos emblemáticos y el nuevo edificio municipal pensado para servir con dignidad. Incluye parvulario, espacios para madres que amamantan, salas de arte, cafeterías, parqueos y un primer nivel dedicado enteramente a la atención ciudadana.
Insiste en que la ciudad no debe retroceder nunca más y que por eso quiere continuar en la arena política. Habla de generaciones que pasaron sin avanzar y de la necesidad de mantener un rumbo. “No podemos quedarnos atrás”.
Y en su voz, más allá del político, habla el niño que se deslizaba en tablas por las torrenteras y el hombre que aprendió a leer dos veces: una en portugués y otra en Cochabamba. Habla el padre, el servidor, el hombre disciplinado que duerme poco; pero sueña mucho.