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lunes, mayo 11, 2026
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Wilson Ramírez y el camino de Wist’upiku hacia las grandes ligas

Wilson Ramírez Soliz, el empresario que convirtió el sabor de Wist’upiku en una marca reconocida.

Sandra Arias Lazcano | Activo$ Bolivia

Hubo un tiempo en que la vida de Wilson Ramírez Soliz transcurría entre estudios de grabación, artistas populares y escenarios multitudinarios. Su nombre estaba ligado a la música, a la producción discográfica y a la organización de grandes eventos. Desde su sello Banana Records impulsó agrupaciones emblemáticas como Maroyu, Las Consentidas o Las Amorositas, mientras consolidaba su presencia en el mundo radial con emisoras como Ritmo y Hit. La gastronomía, por entonces, no figuraba en su horizonte empresarial.

Un giro inesperado

El giro llegó de manera casi silenciosa, empujado por el afecto familiar. Su madre atendía el pequeño puesto de empanadas en la calle Lanza de la zona central de Cochabamba, un negocio heredado de sus padres, quienes eran conocidos porque ofrecían un producto con sabor muy tradicional.

El negocio contaba con apenas tres mesas y una producción limitada que escasamente alcanzaba para cubrir los costos. Wilson comenzó ayudándola de forma ocasional, en los tiempos libres que le dejaba la música. Sin proponérselo, ese “ir y venir” se convirtió en un compromiso sostenido. Un año después, la colaboración dejó de ser esporádica y empezó a tomar forma de proyecto.

Asumir el control del negocio no fue inmediato ni sencillo. Convencer a su madre de dar un paso al costado fue, paradójicamente, uno de los mayores desafíos. “Si yo me iba a dedicar, tenía que encargarme de todo”, recuerda. A cambio, le ofreció un ingreso fijo y la tranquilidad de ver el negocio en manos de alguien que quería hacerlo crecer. Así comenzó una etapa que hoy suma más de tres décadas de trabajo constante.

Aunque el rubro era nuevo para él, Ramírez no partía de cero. Su formación en Administración de Empresas, estudios de Economía en Argentina y la experiencia acumulada en la industria musical le dieron herramientas clave como el manejo de inventarios, estándares de calidad, administración de equipos y, sobre todo, comprensión del valor de la propiedad intelectual. Ese aprendizaje fue decisivo cuando decidió registrar la marca Wist’upiku, un nombre que la gente ya utilizaba de manera espontánea porque era el apodo de su abuelo y ya estaba firmemente arraigado en el imaginario popular.

La marca no nació desde el marketing, sino desde la memoria colectiva. Durante años, el negocio funcionó como Empanadería Lanza, sin letreros ni rótulos visibles. Sin embargo, los clientes preguntaban por “la tienda del Wist’upiku”, consolidando un nombre que terminaría por convertirse en identidad. Registrar la marca fue un acto estratégico que permitió ordenar, proteger y proyectar el crecimiento.

Prueba y error

De un equipo de tres o cuatro personas, en sus inicios, la empresa emplea actualmente a cerca de 250 trabajadores. El camino estuvo marcado por prueba y error, por caídas y aprendizajes. “No había escuelas de gastronomía como ahora”, señala Ramírez. Mucho se hizo desde la intuición, pero también aplicando procesos industriales heredados del mundo musical y de la experiencia de su padre en la industria metalúrgica.

La expansión territorial fue gradual y estratégica. Primero se afianzó en Cochabamba, luego se expandió a La Paz y Santa Cruz, mercados con paladares distintos y niveles de competencia elevados. Adaptarse sin perder esencia fue una de las claves. Hoy en día, Wist’upiku está presente también en Sucre, una plaza desafiante que le enseñó a no subestimar ningún mercado. “Creímos que íbamos a entrar fácil y no fue así”, admite.

Capacidad de adaptación

La pandemia representó el golpe más duro. Con locales cerrados y una planilla extensa, la empresa estuvo al borde del colapso. La respuesta fue innovar vendiendo empanadas congeladas. Tuvieron que crear nuevos sistemas de entrega y hubo un proceso de aprendizaje acelerado que incluyó pruebas de hornos domésticos para enseñar a los clientes cómo cocinar el producto congelado, hasta hicieron manuales. Esa capacidad de adaptación permitió resistir cuando muchos otros no pudieron.

A sus 86 años de historia, la empresa vive una nueva transición. La cuarta generación comienza a tomar el mando, mientras Wilson asume un rol estratégico desde el directorio, enfocado en la creación de un holding empresarial que integra radios y otros emprendimientos familiares. Su mirada sigue puesta en el futuro porque trabajan en una planta industrial que les permita exportar para concretar el largamente anunciado proyecto de llevar Wist’upiku fuera del país.

“Nosotros no podemos quedarnos atrás”, afirma. Mantener el legado implica estudiar, viajar, conocer tendencias y entender a las nuevas generaciones. Esa ha sido, quizá, la constante en su trayectoria, la capacidad de moverse entre mundos distintos —lo popular y lo empresarial— sin perder el equilibrio. Como la empanada que lo hizo conocido, su historia combina tradición, trabajo y visión para seguir creciendo.

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