
Redacción | Activo$ Bolivia
Imilla Negra, Imilla Roja, Phiñu Roja, Phiñu Negra, Pintaboca y Maman Peke. Sus nombres son parte de la enorme diversidad de papas que conserva el altiplano boliviano. Pero también forman parte de la historia de Rosmilda Quispe, una estudiante de Santiago de Machaca que encontró en estas variedades una oportunidad para generar valor agregado y convertirlas en un producto que conquista paladares con las papas fritas nativas.
Rosmilda creció entre cultivos y animales. En su familia se produce papa, cebada y quinua, además de criar ganado camélido, ovino y vacuno. Esa relación cotidiana con el campo la llevó a estudiar Ingeniería en Producción y Comercialización Agropecuaria, actualmente Ingeniería Agroindustrial, en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), sede Viacha.
Fue durante su formación universitaria, entre clases y docentes que alentaban a los estudiantes a desarrollar una mirada emprendedora, cuando comenzó a observar de otra manera las papas que producía su propia familia.
La pregunta surgió a partir de una paradoja del mercado. En épocas de buena cosecha, la abundancia de papa provoca una caída de los precios. Para los productores, además, cultivar variedades nativas puede resultar menos atractivo debido al mayor trabajo que requieren y a su menor rendimiento frente a algunas variedades comerciales.
“Entonces me pregunté cómo puedo mantener estas variedades, producir y darles un valor agregado para generar más ingresos. Ahí nace la idea de mis papas fritas nativas”, cuenta Rosmilda.
Una oportunidad en medio de la diversidad
La idea comenzó a tomar forma a partir de una tarea universitaria sobre valor agregado. Rosmilda recorrió mercados, supermercados y tiendas en busca de papas fritas elaboradas con variedades nativas. Encontró muy pocas.
Lo que para otros podía parecer una ausencia en los anaqueles, para ella se convirtió en una oportunidad. Así nació Sabory, un emprendimiento que busca transformar las papas cultivadas por su familia en un producto con identidad propia.
Detrás de cada bolsa hay una cadena que comienza mucho antes de la fritura.
En Santiago de Machaca, municipio del departamento de La Paz, su familia se encarga de preparar la tierra, sembrar, realizar el aporque, cosechar y seleccionar las papas. El abono proviene de los animales que crían y, según explica Rosmilda, no utilizan fertilizantes químicos.
Después de la cosecha, las papas seleccionadas viajan hasta La Paz, donde Rosmilda y su hermana se encargan de transformarlas en el producto final.
El proceso también permite descubrir que cada variedad tiene una personalidad propia. Algunas ofrecen una textura diferente, otras destacan por su sabor, color o características particulares. Por eso, detrás de una bolsa de papas fritas nativas existe también una muestra de la diversidad agrícola que todavía se conserva en el altiplano.

Preservar también puede generar ingresos
El emprendimiento plantea una idea sencilla, pero con un alcance mayor y es que preservar las variedades nativas también puede ser una actividad económicamente atractiva para las familias productoras.
Al convertirlas en un producto con valor agregado, Rosmilda busca que estas papas tengan nuevas oportunidades de llegar al consumidor y, al mismo tiempo, contribuir a que continúen siendo cultivadas.
La experiencia también demuestra el papel que pueden cumplir las universidades en la creación de emprendimientos que nacen de problemas y oportunidades identificados en el propio entorno de los estudiantes.
En el caso de Rosmilda, la UMSA se convirtió en un espacio para mostrar y comercializar su producción, con el respaldo del Departamento de Emprendimiento, Innovación y Transferencia Tecnológica (DEIU).
Quienes viven en La Paz pueden conocer a Rosmilda y probar las papas fritas nativas de Sabory todos los viernes, de 09:00 a 14:00, en el atrio del Monoblock Central de la UMSA. Las bolsas tienen precios de Bs 5 y Bs 10. También se pueden realizar pedidos al 74055846.
Una papa, muchas historias
La papa frita es uno de los bocadillos más populares del mundo, Rosmilda propone mirar este producto desde otra perspectiva.
Detrás de una papa frita puede existir una variedad ancestral, una familia productora, una comunidad y una historia de conservación. En Santiago de Machaca, las Imilla, Phiñu, Pintaboca y otras variedades encuentran así una nueva forma de llegar a la mesa.
Esta vez lo hacen crujientes, listas para compartir y convertidas en un producto que conecta la tradición agrícola boliviana con una de las formas de consumo más populares del mundo.
Porque conservar la diversidad también puede ser una manera de innovar.